Bio

2016_03_19_ELONGACION1001306(…)Aquellos años de la juventud no fueron fáciles para mí. Atravesé una profunda crisis existencial que incluyó un cuadro maníaco depresivo, pero de la que finalmente salí más fuerte y reafirmándome a mí misma que lo que yo quería en esta vida era bailar. Fue entonces cuando comencé a estudiar Jazz Lyrical con Gustavo Zajac, maestro que entonces fue mi gran guía y apoyo.

Pero claro, había desaprovechado muchos años de práctica, así es que con frecuencia me iba llorando de sus clases porque sentía que el cuerpo no respondía tal como yo quería. De a poco, y gracias al yoga y a la danza contemporánea logré fortalecer y recomponer mi cuerpo. Fueron años de enorme influencia, quise recuperar el tiempo perdido y salí a recorrer estudios y a tomar clases de todo tipo: ballet, street dance, contemporáneo, flyn low, comedia musical, tango, salsa. Llegaba a tomar hasta tres clases diarias, pero aún no lograba entender hacia dónde realmente quería ir.

Recuerdo a dos importantes maestras de ese entonces: Marcela Ávila y Vero Pécolo. En 2003, me animé a dictar clases. A medida que me sumergía más y más en el mundo de la danza, conocí gente interesante y muy preparada que me iba aportando sus conocimientos. Recuerdo especialmente a Liliana Cepeda, bailarina del teatro San Martín, única e inmejorable maestra de Barre à terre, otra de las técnicas que me han marcado por completo en mi formación.

También recuerdo que por medio de la maestra de jazz Silvia Briem Stam llegó a mis manos el libro Elongación x elongación, de Alfredo Gurquel, material que me motivó para acercarme a su estudio y comenzar a tomar clases con ese gran maestro. A los pocos meses, me enamoré de los resultados que había obtenido y que yo misma podía comprobar: tenía mucho más equilibrio y por lo tanto mucha más seguridad al bailar, ¡y mi elongación había cambiado cualitativamente! No puedo omitir que antes de conocer la técnica del maestro Gurquel me lesionaba con cierta regularidad y la frustración que los reposos obligados me provocaban hacía que perdiera mucha energía y alegría de vivir.

Cuando estaba lesionada, me costaba mucho detenerme y buscaba actividades que pudiera hacer sin lastimarme. Pasé un verano intercalando clases de tiro con arco y natación, actividades que me ayudaban a relajarme y a concentrarme. En esa época, una de mis peores lesiones fue un esguince acromioclavicular que me llevó casi dos años de recuperación. La osteopatía fue muy efectiva y agradezco profundamente a esta corriente y a Irene Doyle en particular quien me ayudó mucho. Fue ella quien me recomendó, allá por el año 2004, el grandioso Sistema consciente para la técnica del movimiento de Fedora Aberastury.

En 2006 obtuve mi primera medalla de plata como coreógrafa de danza contemporánea en un certamen interamericano de danzas (DANZAR 2006) en el que Roxana Grinstein y Sandy Brandawer eran jurados. Recibir esa mención fue un enorme honor para mí y en cierto modo me dio un aval y más seguridad. Entre 2007 y 2010, me interesé en el método Fendelkrais y comencé a profundizar en técnicas de meditación zen, vipassana y tai chi de la mano de Gabriel Posadas, un auténtico monje shaolin quien me ayudó a comprender la naturaleza de la mente y por lo tanto a poder bailar sin juzgamientos, críticas rechazos ni apegos.

Estas prácticas profundizaron mi deseo de aprender más sobre el arte de la respiración y fue así que comencé a tomar clases con Geraldine Seff, una maestra maravillosa que vivió en India y cuya técnica sigo practican – do. En ese momento tomaba clases con Cecilia Díaz, maestra de ballet clásico. Ella aplicaba en sus clases elementos del análisis biomecánico. Mientras tanto montaba concerts de fin de año en colegios primarios y dictaba clases de danza en diferentes estudios, a niñas, adolescentes y adultos. Así es que un día tuve la suerte de conocer a Claudia Groessman; una docente de arte cuya mirada filosófica sobre el cuerpo me revolucionó por completo, de tal modo que hasta modificó la forma y la modalidad con la que yo misma dictaba mis clases.

En aquel momento yo era docente en el estudio de Bebe Labougle, y fue allí donde pude encontrar el espacio para poner en marcha mi nueva manera de entender el trabajo con el cuerpo. Pero llegó un día en el que sentí que debía tomar nuevos rumbos y fue cuando tomé la decisión de irme a estudiar a Nueva York y a Londres, con la intención de llegar a China y de acudir a la escuela de Lin Huai Min, un coreógrafo supremo y, para mí, inalcanzable. En Londres asistí al estudio City Academy, donde tomé clases con Mark Short, coreógrafo de Michael Jackson, y al estudio Pine Apple, donde pude profundizar en jazz lyrical, contemporary ballet y barre & strech.

Estar en algunos de los estudios más famosos del mundo me permitió tomar conciencia del gran nivel académico que hay en Argentina y de lo poco abordado que está el movimiento corporal, al menos desde el lugar que a mí me resulta interesante. Es cierto que nunca llegué a China. El destino tenía preparado otro plan para mí: iba a ser mamá. Durante dos años concentré toda la energía en mi hija Juana, y estuve alejada de los estudios y de las barras.

En 2012 retomé la actividad con entusiasmo y comencé a tomar técnicas corporales terapéuticas dictadas por Marisa Fiordalisi, músico – terapeuta, quien aborda su trabajo a través de la gimnasia consciente de la Escuela Bayerthal, el Feldenkrais y la Eutonía. Y llegó el día en que, por fin, conocí a Cristina Suárez, con el Sistema Consciente para la Técnica del Movimiento de Fedora Aberastury. Durante aquel período me pasaba más de cuatro horas diarias moviendo exclusivamente los huesos de la pelvis, los de mi cintura escapular, los de mi cuello y cabeza, los de mi columna o los de mis pies. Incluso durante las noches me acostaba en mi cama y practicaba –tal como lo indicaba Suárez en sus clases–abrir mi “espacio-cerebro” o relajar la lengua dejándola salir por afuera de los labios durante una hora seguida hasta sentir que es un ser vivo, inteligente y con independencia.

La suma de todas estas experiencias vividas en carne propia, la adquisición de conocimientos nuevos y el contacto con los maestros que me acompañaron y me acompañan en este camino de autoconocimiento corporal son las motivaciones que sigo teniendo para, día tras día, ampliar mi formación pedagógica y mi formación personal.